LA RUPTURA¨¨¨¨

Rompiendo las cadenas de la doble opresión, CONTRA EL PATRIARCADO Y EL CAPITALISMO!

17 de mayo de 2012


El amor romántico y la subordinacion social de las mujeres: revisiones y propuestas


Mari Luz Esteban
Universidad del Pais Vasco - Euskal Herriko Unibertsitatea
Ana Tavora
Servicio Andaluz de Salud
Universidad de Granada

Este articulo parte de la idea de que el amor romantico, tanto por su conceptualizacion como por la educacion y experiencias amorosas que promueve, es parte intrinseca de la subordinacion social de las mujeres, por lo que su analisis es necesario para desentranar los mecanismos de dicha subordinacion y, mas en general, el funcionamiento del sistema de genero y su posible transformacion. En el mismo se ofrece una revision de algunas lecturas psicologicas feministas en torno al amor, a las que se aftaden nuevas hipotesis de trabajo. Se presentan tambien algunos resultados emplricos de una investigacion llevada a cabo con dos colectivos de mujeres: mujeres incluidas en grupos terapéuticos y mujeres feministas.

La tesis principal de este articulo y de la investigacion en la que esta basado es la de que el amor sexual, lo que se suele denominar tambien amor romantico o pasional, tanto por su conceptualizacion como por la educación y experiencias amorosas que promueve, es parte intrínseca de la subordinacion social de las mujeres. Por ello, su estudio es fundamental para poder desentrañar los mecanismos causantes de dicha subordinación y, mas en general, el funcionamiento del sistema de genero asi como su transformacion (Esteban Medina y Tavora, 2005).

La pasion amorosa es definida por autores como William Jankowiak (1995, p. 4) en base a cuatro elementos: idealizacion, erotizacion del otro, deseo de intimidad y expectativa de futuro, en una formulación pretendidamente universal que tomamos como nuestra, no tanto porque dichos elementos no esten o no puedan estar presentes en otras formas de amor (materno/ paterno, filial, amistad...), sino por el tratamiento especifico que tienen dentro de la sociedad occidental cuando se refieren al amor sexual.

En los dos ultimos siglos el amor ha tenido un papel central en Occidente en la configuracion del individuo modemo, mediante la delimitacion entre lo exteiTio y lo intemo y el afianzamiento de la toma de conciencia individual.
Ha sido tambien un componente flindamental en el proceso de secularizacion y perdida del sentido de la trascendencia, al proporcionar la cohesion social y el sentido de pertenencia, reforzado esto con el surgimiento de la vinculacion entre amor y matrinionio y la demarcacion de las esferas publica y privada. De esta forma, los antiguos lazos comunitarios se diluyen y la familia se convierte en un espacio cargado de sentimientos, para lo que se da tambien una cierta domesticacion de la sexualidad (Esteban, Medina y Tavora, 2005). Todo ello dentro de un sistema de heterosexualidad obligatoria y compulsiva como el que tenemos (Rich, 1980; Butler, 1993; Jonasdottir, 1993). Un proceso general donde la reformulacion del sujeto y la redefinicion de las desigualdades entre hombres y mujeres han estado y estan estrechamente articuladas.

La psicologia se ha ocupado del amor en mucha mayor proporcion que otras disciplinas, que lo han hecho de forma irregular e insuficiente, pero las teorias psicologicas han contribuido tambien a esa construccion social de las mujeres como seres emocionales que impera en nuestra sociedad, un tratamiento cultural y moral con influencia directa en la socialización diferenciada de hombres y mujeres, que alcanza a esferas diversas pero relacionadas, como la maternidad o la atencion a los otros, y que ha sido considerada por el feminismo como una forma de relegar a las mujeres a posiciones subordinadas (Abu-Lughod, 1986; Abu-Lughod y Lutz, 1990; Eichenbaum y Orbach, 1990; Lutz, 1990; Comas, 2000).

En este articulo vamos a ofrecer una revision de algunas lecturas feministas en tomo al amor y la subjetividad femenina, para lo que recogeremos y ampliaremos el trabajo de algunas de las autoras mas reconocidas, También presentaremos algunos resultados empíricos de nuestra investigacion, uno de cuyos objetivos principales ha sido el de analizar la influencia del amor en el proceso de individualización de las mujeres y su nivel de salud y, mas en concreto, en su salud mental, desde la idea de que profundizar en este campo puede propiciar la obtención de claves teoricas nuevas en el analisis de la salud y la calidad de vida de las mujeres, con consecuencias directas en la intervención social y sanitaria, De esta manera, pretendemos ampliar el enfoque tradicional de los estudios sobre salud y genero, limitados excesivamente al ámbito de lo medico y psicológico, ademas de defender la pertinencia de una perspectiva de analisis que incluya teorias y explicaciones procedentes de campos científicos diversos (ciencias sociales, historia, psicología,,,),Al mismo tiempo, en otra de las partes de nuestro estudio, hemos querido profundizar en la diversidad de discursos y practicas relativas al amor teniendo en cuenta distintas variables sociales y culturales (tener o no ideología feminista, edad, clase social, practica/preferencia sexual, experiencia respecto al amor, formas de relación y convivencia,,,), así como en las formas de resistencia y contestación que las mujeres presentan. 

30 de abril de 2012

Manifiesto contra el trabajo (fragmento)


6. Trabajo y capital son las dos caras de la misma moneda

La izquierda política siempre adoró entusiásticamente el trabajo. No sólo elevó el trabajo a la esencia del hombre, sino que también lo mistificó como supuesto contra-principio del capital. El escándalo no era el trabajo, sino sólo su explotación por el capital. Por eso, el programa de todos los «partidos de trabajadores» fue siempre «liberar el trabajo» y no «liberar del trabajo». La oposición social entre capital y trabajo es sólo una oposición de intereses diferenciados (es verdad que de poderes muy diferenciados) internamente al fin en sí mismo capitalista. La lucha de clases era una forma de ejecución de esos intereses antagónicos en el seno del fundamento social común del sistema productor de mercancías. Pertenecía a la dinámica interna de la valorización del capital. Se trataba de una lucha por salarios, derechos, condiciones de trabajo o puestos de trabajo: el supuesto ciego siempre seguía siendo la Noria dominante con sus principios irracionales.

Tanto desde el punto de vista del trabajo como del capital, importa poco el contenido cualitativo de la producción. Lo que interesa solamente es la posibilidad de vender de forma óptima la fuerza de trabajo. No se trata de la determinación en conjunto sobre el sentido o el fin de la propia actividad. Si algún día existió la esperanza de poder realizar una tal audodeterminación dentro de las formas del sistema productor de mercancías, hoy las «fuerzas de trabajo» perdieron ya, y hace tiempo, esta ilusión. Hoy sólo interesa el «puesto de trabajo», la «ocupación» ­ya estos conceptos comprueban el carácter de fin en sí mismo de toda esta empresa y la minoría de edad de los comprometidos con ella.

Qué, para qué y con qué consecuencias se produce, en el fondo no interesa, ni al vendedor de la mercancía fuerza de trabajo, ni al comprador. Los trabajadores de las centrales nucleares y de las industrias químicas protestan aún más vehementemente cuando se pretende desactivar sus bombas de relojería. Y los «ocupados» de Volkswagen, Ford y Toyota son los defensores más fanáticos del programa suicida automovilístico. No solamente porque necesitan obligadamente venderse sólo para «poder» vivir, sino porque se identifican realmente con su existencia limitada. Para los sociólogos, los sindicalistas, los sacerdotes y otros teólogos profesionales de la «cuestión social», este hecho es la comprobación del valor ético-moral del trabajo. El trabajo forma la personalidad. Es verdad. Esto es, la personalidad de zombies de la producción de mercancías, que ya no logran imaginar la vida fuera de su Noria fervientemente amada, para la cual ellos mismos se preparan diariamente.

Así como no era la clase trabajadora en cuanto tal la contradicción antagónica del capital y el sujeto de la emancipación humana, así tampoco, por otro lado, los capitalistas y ejecutivos dirigen la sociedad siguiendo la maldad de una voluntad subjetiva de explotador. Ninguna casta dominante vivió, en toda la historia, una vida tan miserable y no libre como los acosados ejecutivos de Microsoft, Daimler-Chrysler o Sony. Cualquier señor medieval habría despreciado profundamente a estas personas. Porque, mientras que aquél podía dedicarse al ocio y a gastar su riqueza en orgías, las élites de la sociedad del trabajo no pueden permitirse ninguna pausa. Incluso fuera de la Noria, no saben hacer otra cosa consigo mismos que infantilizarse. Ocio, placer intelectual y sensual les son tan extraños como su material humano. Ellos mismos son siervos del dios-trabajo, meras élites funcionales del fin en sí mismo social irracional.

El dios dominante sabe imponer su voluntad sin sujeto a través de la «coerción silenciosa» de la competencia, ante la cual deben también arrodillarse los poderosos, sobre todo cuando administran centenares de fábricas y transfieren sumas millonarias por el globo. Si no hicieran eso, serían puestos de lado, del mismo modo brutal que las «fuerzas de trabajo» superfluas. Pero es precisamente su minoría de edad lo que hace que los funcionarios del capital sean tan peligrosos, y no su voluntad subjetiva de explotación. Ellos son los que tienen el menor derecho de preguntar por el sentido y las consecuencias de sus actividades ininterrumpidas; no se pueden permitir a sí mismos sentimientos ni consideraciones. Por eso hablan de realismo cuando devastan el mundo, hacen las ciudades cada vez más feas y dejan a los hombres empobrecerse en medio de la riqueza.

«El trabajo tiene cada vez más la buena conciencia de su lado: actualmente la inclinación a la alegría se llama «necesidad de recreación» y comienza a tener vergüenza de sí misma. ‘Se debe hacer esto por la salud’, se dice cuando uno es sorprendido en un paseo por el campo. ¿Podrá llegarse al punto en que la gente deje de ceder a una inclinación hacia la vida contemplativa (esto es, un paseo con pensamientos y amigos) con mala conciencia y desprecio de sí?» (Friedrich Nietzsche, 1882)


7. Trabajo y dominio patriarcal

Aunque la lógica del trabajo y de su metamorfosis en materia-dinero insista, no todas las esferas sociales y actividades necesarias se dejan embutir en la esfera del tiempo abstracto. Por eso surgió junto con la esfera «separada» del trabajo, en cierta forma como su reverso, la esfera privada doméstica, de la familia y la intimidad.

En esta esfera definida como «femenina» quedan las numerosas y repetidas actividades de la vida cotidiana que no pueden ser, salvo excepcionalmente, transformadas en dinero: de la limpieza a la cocina, pasando por la educación de los niños y la asistencia a los ancianos, hasta el «trabajo de amor» de la ama de casa típica ideal, que reconstituye a su marido trabajador agotado y que le permite «abastecer sus sentimientos». La esfera de la intimidad, como reverso del trabajo, es declarada por la ideología burguesa de la familia como el refugio de la «vida verdadera» ­incluso si en la realidad sea, más bien, el infierno de la intimidad. Se trata justamente no de una esfera de vida mejor y verdadera, sino de una forma de existencia tan reducida como limitada, sólo que con los signos invertidos. Esa esfera es ella misma un producto del trabajo, escindida de él, pero sólo existente en relación a él. Sin el espacio social escindido de las formas de actividad «femeninas», la sociedad del trabajo nunca podría haber funcionado. Este espacio es su supuesto silencioso y al mismo tiempo su resultado específico.

Esto vale también para los estereotipos sexuales que fueron generalizados en el transcurso del desarrollo del sistema productor de mercancías. No es por azar que se fortaleciera el prejuicio en masa de la imagen de la mujer conducida irracional y emocionalmente, natural e impulsiva, junto a la imagen del hombre trabajador, productor de cultura, racional y autocontrolado. Y tampoco es por azar que el autoadiestramiento del hombre blanco para las exigencias insolentes del trabajo y para su administración humana estatal fuese acompañado por seculares y enfurecidas «cazas de brujas». Simultáneamente con éstas, se inicia la apropiación del mundo por las ciencias naturales, desde ya contaminadas en sus raíces por el fin en sí mismo de la sociedad del trabajo y por las atribuciones de género. De esta manera, el hombre blanco, para poder «funcionar» sin dificultades, expulsó de sí mismo todos los sentimientos y necesidades emocionales que, en el reino del trabajo, sólo cuentan como factores de perturbación.

En el siglo XX, en especial en las democracias fordistas de la posguerra, las mujeres fueron cada vez más integradas al sistema de trabajo, pero el resultado de esto fue sólo una conciencia femenina esquizoide. Puesto que, por un lado, el avance de las mujeres en la esfera del trabajo no podía traer ninguna liberación, sino apenas la adaptación al dios-trabajo, como entre los hombres. Por otro lado, persistió incólume la estructura de «escisión», y así también las esferas de las actividades llamadas «femeninas», externas al trabajo oficial. De esta manera, las mujeres fueron sometidas a una doble carga y, al mismo tiempo, expuestas a imperativos sociales totalmente antagónicos. Dentro de la esfera del trabajo quedaron hasta hoy, en su gran mayoría, en puestos mal pagados y subalternos.

Ninguna lucha, interior al sistema, por objetivos femeninos de carrera y oportunidades puede cambiar nada de esto. La miserable visión burguesa de «unificación de la profesión y la familia» deja totalmente intocada la separación de las esferas del sistema productor de mercancías, y con ello también la estructura de «escisión» de género. Para la mayoría de las mujeres esta perspectiva no es vivenciable; para la minoría de aquellas que «ganan mejor», se convierte en una posición pérfida de ganador en el apartheid social, en la medida en que se puede delegar el trabajo doméstico y la crianza de los hijos en empleadas mal pagadas (y «obviamente» femeninas).

En la sociedad como un todo, la sagrada esfera burguesa de la llamada vida privada y de familia está, en verdad, cada vez más minada y degradada porque la usurpación de la sociedad del trabajo exige de la persona entera el sacrificio completo, la movilidad y la adaptación temporal. El patriarcado no está abolido, sino que pasa por un asilvestramiento en la crisis inconfesada de la sociedad del trabajo. En la misma medida en que el sistema productor de mercancías empieza a colapsar, las mujeres se vuelven responsables de la supervivencia en todos los niveles, mientras el mundo «masculino» prolonga como simulacro las categorías de la sociedad del trabajo.

«La humanidad tenía que someterse a terribles privaciones hasta que se formase el yo, el carácter idéntico, determinado y viril del hombre, y toda infancia es aún, en cierta forma, la repetición de ello.» (Max Horkheimer y Theodor Adorno, Dialéctica de la Ilustración)

Grupo Krisis (LEER MANIFIESTO COMPLETO


24 de abril de 2012


Ellen Willis
Las mujeres y el mito del consumismo

Fechado en 1970. Extraído de Hablan las Women’s Lib (Movimiento de Liberación de la Mujer), Ed. Kairós, 1972.

Si los blancos radicales piensan seriamente en una revolución, tendrán que descartar mucha ideología inconsecuente creada por, y para, los hombres blancos instruidos de clase media. La difundida teoría del consumo es un ejemplo de lo que habrá que desechar.

Tal como la han expuesto muchos pensadores de izquierda, y particularmente Marcuse, esta teoría sostiene que los consumidores son psíquicamente manipulados por los medios de comunicación de masas, con el fin de que deseen cada vez más bienes de consumo y de este modo refuercen una economía que depende de ventas crecientes. Esta teoría se considera particularmente aplicable a las mujeres, pues ellas hacen realmente la mayor parte de las compras, su consumo se halla relacionado a menudo con su situación de oprimidas (por ejemplo, maquillaje, jabón en flocos, etc.) y ellas son el blanco habitual de los anunciantes. Desde este punto de vista, la sociedad define a las mujeres como consumidoras y como objetos sexuales pasivos que los medios de difusión de masas encandilan con mercaderías. Por lo tanto, los que se benefician con la depreciación de las mujeres no son los hombres, sino la estructura corporativa del poder.

Aunque la teoría del consumismo haya adquirido en los últimos años la invulnerabilidad de un dogma religioso, tiene, como la mayor parte de los dogmas, por principal función defender los intereses de sus adeptos: en este caso, los privilegios clasistas, sexuales y raciales.

En primer término, no hay nada intrínsecamente erróneo en el consumo. Ir de compras y consumir son actividades humanas agradables y la plaza del mercado ha sido el centro de la vida social durante miles de años. El sistema del lucro es opresor no porque abunden los lujos triviales, sino porque las necesidades básicas no son atendidas. La localización de la opresión se halla en la función productiva; la gente no controla qué clase de mercaderías se producen (ni de qué servicios se puede disponer), en qué cantidades, bajo qué condiciones, ni tampoco cómo se distribuyen. Las empresas deciden, teniendo en cuenta exclusivamente las perspectivas de lucro. Resulta más provechoso producir mercaderías de lujo para los ricos (o para los pobres, a plazos, en condiciones de explotación) que producir y distribuir alimento, habitación, y servicios médicos, educacionales, recreativos y culturales, de acuerdo con las necesidades y deseos de la gente. Nosotros, los consumidores podemos aceptar o rechazar las mercaderías que nos ofrecen, pero no podemos influir en su calidad o modificar el sistema de prioridades.

Tal como se manifiesta, la profusión de mercaderías es una genuina y poderosa compensación de la opresión. Es un soborno, pero como todos los sobornos ofrece beneficios concretos: en el caso del norteamericano corriente, un nivel de confort físico sin paralelo en la historia. En las actuales condiciones, la gente se interesa por los bienes de consumo, no porque ha pasado por un lavado de cerebro, sino porque comprar es una actividad agradable que es permitida e incluso activamente fomentada por nuestros gobernantes. El placer de con¬sumir un helado será una satisfacción mínima si se la compara con un trabajo independiente e interesante, pero lo primero está a nuestra disposición y lo segundo no. Una familia pobre preferiría indudablemente obtener un apartamento decente antes que comprar un nuevo televisor, pero como no existe la más remota posibilidad de conseguir el apartamento, ¿qué ganaría con privarse del televisor?

Los radicales, que son en general saludablemente escépticos con respecto a fáciles explicaciones freudianas, se apresuraron, sin embargo, a aceptar esta teoría de la manipulación de los medios de difusión abiertamente inspirada en Freud, tal como fue vulgarizada por investigadores de mercado y sociólogos como Vance Packard (Marcuse reconoce la influencia de Packard en El hombre unidimensional). Esta teoría sostiene que los anuncios, programados para crear asociaciones inconscientes entre ciertos productos y profundos temores, deseos sexuales y necesidades de autoestima, inducen a la gente a comprar objetos en busca de satisfacciones que ningún producto puede proporcionar. Además las empresas, a través de los medios de difusión, crean deliberadamente temores y deseos, que sus pro¬ductos simulan satisfacer. Es decir: las mujeres no son solamente engañadas con mentiras y exageraciones -como, por ejemplo, la sugestión de que cierto perfume las haría sexualmente irresistibles- sino que, además, son psíquicamente in¬capaces de aprender a través de la experiencia y volverán a comprar pese a todas las decepciones, pues, de todos modos, la «necesidad» de ser sexualmente irresistibles es programada en ellas para que continúen comprando perfumes. Esta hipótesis de distorsión psíquica tiene por base el erróneo supuesto de que salud mental y antimaterialismo son sinónimos.

Aunque tenga que enfrentar los engaños y fantasías del sistema comercial, la gente en general compra mercaderías por motivos prácticos de su propio interés. Una lavadora hace más fácil el trabajo de la ama de casa (puesto que no hay socialización del trabajo doméstico); la Excedrina suprime efectivamente el dolor de cabeza; un automóvil es realmente un medio de transporte. Si alguien es inducido a comprar un producto por un anuncio engañoso, se trata de una explotación; nada tiene que ver con un lavado de cerebro.

La publicidad, en realidad, es un compendio práctico para la economía del consumidor, que constantemente nos recuerda lo que tenemos a nuestra disposición y nos alienta a satisfacernos. Funciona (es decir, estimula las ventas) porque comprar es el único juego que hay en la ciudad, y no vice versa. Los anuncios sugieren temores mórbidos (por ejemplo el miedo al mal olor corporal) o falsas esperanzas (de irresistibilidad) y los compradores frente a múltiples e indiscernibles marcas de un producto pueden elegir según la sugestión del anuncio: ¿qué otro método sería mejor? Es el viejo juego de cuidarse de los engaños. El engaño cuenta con la ingenuidad del comprador y la gente aprende a resistir al engaño a través de la experiencia. Hay grupos particularmente vulnerables, como esa gente mayor, sin experiencia previa -individual o histórica- que la guiara cuando la cornucopia del consumo se desarrolló bruscamente después de la Segunda Guerra Mundial; y los pobres que no tienen bastante dinero para aprender, a través del método de la experiencia, el error y la desilusión, a volverse consumidores sagaces. El constante refinamiento de las pretensiones de los anuncios, sus efectos visuales, etc., revelan que la experiencia insensibiliza. Nadie cree realmente que fumar la marca X de cigarrillos la vuelve a una sexy. La función del sexo en un anuncio es probablemente lo obvio -atraer la atención hacia el anuncio- y no lograr que la gente «identifique» sexualidad y producto. El efecto principal del marcado énfasis sexual publicitario fue estimular una preocupación hacia el sexo, lo que viene a demostrar que no es fácil derivar hacia otros fines un impulso humano fundamental. Madison Avenue viene alejándose de las técnicas «motivacionales» y desarrollando las estéticas: especialmente los comerciales de televisión se han vuelto extraordinariamente inventivos desde el ángulo visual. De ello se deduce que, o el enfoque de la psicología profunda nunca llegó a funcionar, o dejó de hacerlo a medida que los consumidores se volvían más duchos.

La teoría de que las empresas crean nuevas necesidades psicológicas para vender su material es, asimismo, insubstancial. No hay prueba de que la propaganda pueda por sí misma crear un deseo; ocurre en realidad que trae a la conciencia un deseo latente, al sugerir que están disponibles los medios de satisfacerlo. Se trata de una convicción supersticiosa: subyace en ella la implicación de que el opresor es diabólicamente inte¬ligente (aprendió a controlar las almas) y de que los medios de difusión tienen poderes mágicos. Confunde también los efectos y las causas, y simplifica drásticamente las relaciones entre la ideología y las condiciones materiales. No nos han enseñado a tener aversión por nuestro olor para poder vendernos desodorantes; los desodorantes se venden porque tener mal olor tiene consecuencias sociales. Y la actitud negativa respecto de nuestros cuerpos, que ha hecho posible inventar y vender desodorantes, se halla profundamente arraigada en nuestra cultura anti-sexual, que a su vez ha sido formada por modos de producción explotadores y por el antagonismo de clase entre hombres y mujeres.

La confusión entre causa y efecto es particularmente evi¬dente en el análisis consumista de la opresión de las mujeres. Estas no son manipuladas por los medios de difusión para que sean sirvientas domésticas y sexualmente decorativas e insen¬atas, con el fin de vender jabón y laca para el cabello. Ocurre, por el contrario, que esta imagen refleja a las mujeres tal como son forzadas por los hombres a comportarse en una sociedad sexista. La supremacía del hombre es la forma más antigua y básica de explotación clasista, no algo inventado por un inteligente agente de propaganda. El daño real que hacen los medios de difusión con la imagen de la mujer que proponen es sostener el statu quo sexista. En cierta medida la propaganda de la moda, los cosméticos y la «higiene femenina» se dirigen más a los hombres que a las mujeres. Sugieren al hombre que las mujeres deben recurrir a todos los adornos de la esclavitud sexual, expectativa que las mujeres tienen, entonces, que satisfacer si quieren sobrevivir. Que los anunciantes explotan la subordinación de las mujeres más bien que la crean es ahora evidente, desde que la moda, y los productos de belleza e higiene masculinos, han llegado a ser grandes negocios. En contraste con la propaganda de productos femeninos, que sugieren «use esto y él la querrá» (o «si usted no usa esto, él no la querrá») la propaganda para el sector masculino afirma: «Usted también puede deleitarse con un perfume y ropas de colores vivos; no se preocupe, esto no le hace femenino». Aunque los anunciantes cuidan de destacar qué viriles son esos productos (dán-doles nombres como «Brut», mostrando al hombre que los usa en una cacería o coqueteando con mujeres admirativas que, dicho sea de paso, son apenas objetos decorativos cuando la venta se propone al hombre) nunca pretenden que dicho producto sea esencial a la masculinidad (como el maquillaje es esencial a la feminidad) sino sólo que es compatible con ella. Para convencer a un hombre de que compre algo, una propaganda debe dirigirse a su deseo de autonomía y libertad frente a las restricciones convencionales; para convencer a una mujer debe dirigirse a su necesidad de agradar al opresor masculino.

Para las mujeres, comprar y usar vestidos y productos de belleza no es propiamente consumo, sino trabajo. Una de las tareas femeninas en esta sociedad es ser un objeto sexual atrayente, y las ropas y el maquillaje son instrumentos de trabajo. Asimismo, comprar alimentos y artefactos caseros es una tarea doméstica; es trabajo femenino elegir los productos que serán consumidos por toda la familia. Los aparatos y los pro¬ductos de limpieza son instrumentos que facilitan las funcio¬nes domésticas. Cuando una mujer gasta una suma de dinero y de tiempo decorando su hogar o decorándose a sí misma, buscando insistentemente la mejor aspiradora, no se trata de una gratuita complacencia consigo misma (y no hablemos del resultado de una manipulación psíquica) sino de un saludable intento de encontrar una salida para sus energías creadoras, dentro de su limitado ámbito.

Existe el arraigado mito de que la mujer tiene el control del dinero de su marido, porque es ella quien lo gasta. En realidad, no tiene mucha más autonomía financiera que el empleado de una empresa encargado de comprar el mobiliario y los pertrechos de una oficina. El marido, especialmente si es rico, puede permitir a su mujer cierta amplitud en los gastos, puede considerar que, ya que tiene que trabajar en la casa, posee el derecho de amueblarla a su gusto, o sencillamente prefiere no molestarse por detalles domésticos; pero conserva un derecho de veto final. Si no le gusta el manejo de su dinero que hace su mujer, se lo dirá. En la mayoría de los hogares, particularmente en la clase trabajadora, la mujer no puede hacer gastos importantes, de carácter personal o en su función de sirvienta¬-objeto, sin consultar al marido. Y, según las estadísticas, lo más corriente es que sea el marido quien tome las decisiones definitivas respeto al mobiliario y los aparatos, y asimismo a otros gastos mayores, como casas, coches y vacaciones.

La teoría del consumismo es el producto de un anti-materialismo aristocrático, de orientación europea, cuya base es un resentimiento de la clase alta contra la ascensión de la burguesía vulgar. Los intelectuales radicales se sintieron atraídos por esta posición esencialmente reaccionaria (los puntos de vista de Herbert Marcuse sobre la cultura de masa son sorpren-dentemente semejantes al de los teóricos conservadores como Ernest Van Den Haag) porque satisfacía a la vez su disgusto del capitalismo y su sentimiento de superioridad frente a la clase trabajadora. Este elitismo es evidente en la convicción radical de que han desenmascarado al sistema, mientras el trabajador corriente es víctima del lavado de cerebro que impo¬nen los medios de difusión. Es extraño que nadie pretenda que la clase gobernante es oprimida por las mercaderías; al parecer, los ricos consumen por libre determinación. En última instancia, este punto de vista lleva a atribuir una estéril trascendencia a las soluciones individuales -si solamente los descarriados rechazaran su existencia «plástica» y se mudaran a los alojamientos de East Village- y a sostener que la gente resulta oprimida porque es estúpida o enferma. Lo odioso de esta actitud radica en el hecho de que los radicales sólo pueden mantener su existencia «prescindente» mientras suficientes trabajadores supuestamente sometidos a lavado de cerebro mantengan la economía en movimiento.

El consumismo aplicado a las mujeres es claramente sexista. La imagen generalizada de la consumidora femenina de cabeza vacía, que irrita constantemente la paciencia del marido con sus compras extravagantes, contribuye a afianzar el mito de la superioridad masculina: las mujeres son incapaces de gastar racionalmente el dinero; todo lo que necesitan para sentirse felices es un sombrero nuevo de vez en cuando. Hay un estereotipo racial análogo: el negro con su Cadillac y sus camisas de color rojizo. Además, el punto de vista del con¬sumismo permite a los hombres hurtarse al reconocimiento de que explotan a las mujeres, al atribuir su opresión exclusi¬vamente al capitalismo. Encaja muy bien en la teoría radical existente y sus intereses, ahorrando el esfuerzo de tratar los verdaderos problemas de la liberación de las mujeres. Y, al dividir a las mujeres, retarda la lucha contra la supremacía varonil. Lo mismo ocurre en el movimiento masculino. La creencia en el consumismo alienta a las mujeres radicales a tratar con arrogancia a otras mujeres, porque tratan de sobrevivir de la mejor manera posible, y conservar sus ilusiones individualistas.

Si pretendemos suscitar un movimiento de masas tenemos que admitir que ninguna decisión individual, como rechazar el consumo, puede liberarnos. Debemos dejar de discutir respecto de cuál estilo de vida es preferible (secretamente confiados en que lo es el nuestro) y dedicarnos a la tarea de luchar colectivamente contra nuestra propia opresión y contra los modos en que nosotros oprimimos a los demás. Cuando hayamos encontrado una alternativa válida para el sexismo, el racismo y el capitalismo, el problema del consumidor, si realmente es un problema, se resolverá por sí mismo.





15 de abril de 2012

La lógica del enfrentamiento; el error de reproducir aquello que tanto odiamos


Tenemos el virilismo de esta cultura política autónoma: ser fuerte, callar sus dificultades y sus dudas. La idea de que hay que ganar una gran batalla de una vez por todas. Algo militar, impulsos guerreros, masivos y fanáticos –el resto ya lo veremos después del final combat. Lo que yo quiero es cultivar una vida en la cual las luchas jamás estarán ausentes y no una guerra que pospone la vida para después.
«Récits analyses et critiques» en Timult nº. 2
marzo de 2010.(1)

 La violencia –da igual quien la utilice– tiene consecuencias sobre la «salud» afectiva, no sólo para aquellas que la reciben, sino también para aquellas que la generan, cualesquiera que sean sus objetivos o su ideología.
Et après avoir tout brûlé? (2)

Después de escribir el texto sobre el actuar violento, de darle mil vueltas, nos hemos dado cuenta de que aún faltaban muchas cosas por decir. Todo lo expuesto antes es fácilmente teorizable, pero es a la hora de utilizar la violencia cuando vemos que esta tiene consecuencias inesperadas e indeseables. Y es que aunque este tema necesite de las neuronas, no se puede plantear sin las emociones, está muy ligado a ellas.

Por un lado, el pacifismo que nos encontramos muchas veces es más producto del miedo que fruto de un pensamiento desarrollado. Frente a ciertas situaciones, el colapso personal salta a lo colectivo. En ese salto se pueden buscar las maneras de resolver las dudas, de acompañar el miedo para superarlo entre varias, de cuidar de no dejar nunca atrás a la persona que tenemos al lado con sus dudas y su bloqueo. Ese bloqueo es también la respuesta cómoda de quienes necesitamos saber en algunos momentos dónde empieza y dónde acaba la protesta organizada. El incógnito, la incertidumbre y, sobretodo, las consecuencias nos dan miedo a todas, pero el camino que hemos escogido nos hace darnos cuenta de que la realidad está llena de imprevistos y que son muy pocas las cosas que salen como las teníamos pensadas. El saber improvisar para poder dar una respuesta rápida ha de ser nuestra inteligencia. Conocernos, vernos las caras en la calle y poder crear un clima de seguridad entre nosotras nos puede hacer la tarea más fácil y, a la vez, sentirnos más fuertes. No dejarnos atrapar por la comodidad del riesgo mínimo o del inmovilismo frente a la desestabilización, a la ruptura o al cambio de ritmo repentino. Pues sin rupturas, sin aceleraciones, nuestros movimientos se aburren y mueren. Es más, si nos encerramos en una única manera de luchar nos volvemos previsibles para nuestras enemigas.

Es aquí también cuando se tiene que cuidar la soberbia de la violencia que tanto puede trastornar nuestras relaciones, masculinizar nuestro actuar y aislarnos cada vez más. «[...]Hay una tendencia a las tensiones en las relaciones interpersonales, paranoia, sentimientos de inclusión y exclusión, bajones morales, sensaciones de aislamiento o privilegio, jerarquías inseguridad personal. Puede ser destructivo y paralizante» (3). Para prevenir esto necesitamos dejar sitio a la duda, a la reflexión. Dejar un espacio para confrontarnos con nuestras aprehensiones y nuestros miedos. Ser honestas con nosotras mismas y con las demás. Recordar que siempre se corre al ritmo de la más lenta, que no hay prisa si vamos todas juntas, que no somos ninguna vanguardia ni somos ni queremos ser profesionales especializadas en la violencia. Porque si no somos capaces de hacer ese ejercicio, de esa sinceridad, de vaciar la violencia de estos roles que nosotras mismas reproducimos, corremos el peligro de encerrarnos en valores guerreros, en una mística del enfrentamiento clásico, propia de ejércitos de la Edad Media. No queremos hacer de la violencia un medio que reproduzca todo aquello contra lo cual estamos luchando.

Y es que creer que entre nosotras no nos hacemos daño, que no reproducimos el mismo maltrato que pretendemos combatir, lo único que hace es negar la posibilidad de superarlo. Como producto de esta sociedad que somos, también tenemos nuestros subgrupos marginados, aquéllos que, sin necesidad de una violencia explícita contra ellos, se les mantiene al margen. Por las diferencias de edad, donde jóvenes y mayores son dejadas de lado, o por no saber o por no poder. Evidentemente, no todas las formas de marginación y clasificación son comunes en todos nuestros espacios. Según la familia en la que nos encontremos, el nosotras y el ellas es cambiante. Las guays, las refors, las jipis, las insus, las vecinistas, las malas... pueden ser nombres graciosos con los que nos reímos con nuestras amigas en la intimidad de nuestras casas, pero la realidad es más dura. Igual que sucede cuando lo hace el Poder, estas clasificaciones nos dividen por el encasillamiento estático de la misma definición. Esto no significa que aboguemos por una falsa unidad donde todo cabe, pero sí que deberíamos preguntarnos frecuentemente de dónde vienen nuestros juicios hacia otra gente... no sea que nos estemos volviendo altivas.

En un entorno político donde la violencia, desgraciadamente, es uno de sus temas centrales, los valores en torno a ella marcan diferencia. Porque nosotras también tenemos marcas de estatus y éste es uno de los más característicos. Ya que si hay gente que cree que la violencia es el único camino para la lucha, será en torno a ésta que se establecerá la línea divisoria: quien la utilice sin cuestionarla es de las nuestras, quien no es una reformista y hay que mirarla por encima del hombro. ¿Cuántas compañeras han participado en una acción que no veían clara para no ser juzgadas? ¿Cuánto desprecio se respira en una asamblea según el quién es quién de la violencia? Decidir utilizar la violencia cuando creemos que es necesario es importante pero es más necesario aún evitar que nadie se pueda sentir mal por los aires megalómanos de unas cuantas compañeras.

Por otro lado, nuestras manifestaciones tienen un toque viril del cual es difícil deshacernos y además, aún no hemos superado ciertas barreras del género. Tomando ejemplos locales de Barcelona, simplemente echando un rápido vistazo cuando hay disturbios o enfrentamientos con la policía no tardaríamos en darnos cuenta del género predominante de las personas presentes. Podemos recordar las líneas de estudiantes armadas con palos y cascos intentando bajar La Rambla aquella noche del 18 de marzo (4). Para que nos entendamos, aquí no se trata de juzgar unos hechos en sí sino de plantear una serie de preguntas y generar un debate que nos haga reflexionar. El problema no reside en la falta de mujeres dentro de nuestros espacios, y menos en la actualidad, que cuantitativamente el número de mujeres es muy alto, el problema está en el rol que asumimos cada una y el por qué lo hacemos. La actitud habitual es refugiarse en verlo como una decisión individual, negando la transcendencia del género y del patriarcado en nuestra cotidianidad. Lo peor es que todo esto sea percibido como algo normal en lugar de ver que el problema reside en la masculinización de nuestra propia violencia. Quizás no nos hemos dado ni el tiempo ni las ganas de crear un ambiente que supere esta situación.

Esto no quiere decir que haya que abandonar la acción violenta, sino que hace falta someterla también a la crítica de género. Preguntarnos qué es lo que construimos a través de la violencia también nos incumbe a todas. Está en nuestras manos la posibilidad de crear acciones y momentos donde no se respire sólo testosterona. Pero eso primero pasa por reconocer ese carácter que le hemos dado a la violencia, donde no existen las dudas y donde no hay miedos. Romper con la idea de que la debilidad es antagónica a la violencia y al hombre, pues la debilidad y la pacificación han sido socialmente asociadas a la mujer. Nuestras actuaciones pacíficas o violentas deberían ser el resultado de una opción política superando esa masculinización.

Esa correlación se expresaba en una pegatina que se difundió en Barcelona después de la cumbre de Salónica en el 2003 con el lema «¡Héroe en la calle! ¿facha en la cama?». Ésta salía del profundo malestar de compañeras volviendo de la contra-cumbre con un regusto amargo a testosterona, machismo puro... ¿La violencia política es subversiva? Sí, pero no siempre. Nos queda abrir un camino para huir de los estereotipos y crear momentos realmente revolucionarios. El reto es alto pero es a través del debate colectivo, del grupo de afinidad, de los grupos de mujeres, de los grupos de hombres, que lo podremos superar, eso sí, siempre que exista una cierta sinceridad a la hora de reconocer los hechos tal como son.
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Notas:


1 Traducción nuestra.

2 Articulo de reflexión sobre la táctica del bloque negro durante la cumbre contra la OTAN en Estrasburgo en abril del 2009. Podéis encontrarlo en francés e inglés en: http://www.infokiosques.net/lire.php?id_article=733 Traducción nuestra. Versión en catalán en proceso de traducción.

3 «Secrets and lies» en 325 nº.7, octubre 2009, pág. 71. Podéis descargarla en: http://325.nostate.net/library/7-325-net.pdf Traducción nuestra.

4 Manifestación realizada en Barcelona después del desalojo del rectorado de la Universidad de Barcelona el mismo día. Ya que desde la mañana las carreras y los porrazos habían sido abundantes era lógico que en la marcha de la tarde estuvieran los ánimos caldeados.

Tomado de revista Terra Cremada

17 de marzo de 2012

Las mujeres y la lucha por no trabajar

Extracto de "Las mujeres y la subversión de la comunidad", de Mariarosa Dalla Costa.

Resumamos. El papel de ama de casa, tras cuyo aislamiento se oculta un trabajo social, debe ser destruido. Pero nuestras alternativas están estrictamente definidas. Hasta ahora, el mito de la incapacidad femenina, arraigado en esa mujer aislada, dependiente del salario de otra persona y, por lo tanto, moldeada por la conciencia de otra persona, se ha roto con sólo una acción: al obtener la mujer su propio salario, romper el gozne de la dependencia económica personal, vivir su propia experiencia independiente en el mundo fuera de la casa, desempeñar trabajo social en una estructura socializada, ya fuera la fábrica o la oficina, e iniciar sus propias formas de rebelión social junto con las formas tradicionales de la clase. El advenimiento del movimiento de las mujeres es un rechazo de esta alternativa.

El capital se está apoderando del ímpetu mismo que creó al movimiento -el rechazo por millones de mujeres del lugar tradicional de la mujer- para rehacer la fuerza de trabajo incorporando cada vez a más mujeres. El movimiento sólo puede desarrollarse en oposición a esto. Con su misma existencia, plantea, y debe hacerlo cada vez más articuladamente en la acción, que las mujeres niegan el mito de la liberación a través del trabajo. Porque ya hemos trabajado bastante. Hemos cortado billones de toneladas de algodón, lavado billones de platos, fregado billones de suelos, mecanografiado billones de palabras, conectado billones de aparatos de radio, lavado billones de pañales, a mano y a máquina. Cada vez que nos han "permitido entrar" en algún enclave tradicionalmente masculino, ha sido para encontrar un nuevo nivel de explotación para nosotras. 

Aquí de nuevo, a pesar de que sean diferentes, establecer un paralelo entre subdesarrollo en el Tercer Mundo y subdesarrollo en la metrópoli, para precisar mejor, en las cocinas de la metrópoli. El plan capitalista propone al Tercer Mundo que se "desarrolle"; que, además de sus agonías presentes, sufra también la agonía de una contrarrevolución industrial. A las mujeres de la metrópoli se les ha ofrecido la misma "ayuda". Pero las que hemos salido de nuestras casas para trabajar porque no teníamos más remedio o para ganar dinero extra o independencia económica, hemos prevenido a las demás: la inflación nos ha clavado en estos horribles puestos de mecanógrafas o en las líneas de ensamble y ahí no está la salvación. No debemos admitir el desarrollo que nos ofrecen. Pero la lucha de la mujer que trabaja no consiste en regresar al aislamiento de la casa, por muy atractivo que pueda resultar, a veces, los lunes por la mañana; como tampoco consiste en cambiar la sujeción en la casa por la sujeción a un escritorio o a una máquina, por muy atractivo que pueda resultar comparado con la soledad del doceavo piso de un edificio de viviendas.

Las mujeres debemos descubrir nuestras posibilidades totales, que no son ni remendar calcetines ni convertirse en capitanes de transoceánicos. Es más, puede que queramos hacer este tipo de cosas, pero ahora no puede situárselas en otro contexto que no sea la historia del capital.

El reto que enfrenta el movimiento de las mujeres es el de encontrar formas de lucha que, a la vez que liberen a las mujeres de la casa, eviten, por un lado, una esclavitud doble y, por otro, nos impidan llegar a otro nuevo grado de control y regimentación capitalista. Esta es, en definitiva, la línea divisoria entre reformismo y política revolucionaria dentro del movimiento de las mujeres.

Parece que ha habido pocas mujeres geniales. No ha podido haberlas ya que estaban separadas del proceso social y no podemos ver en qué asuntos podrían haber aplicado su genialidad. Ahora hay un asunto y es la lucha misma.

Freud también dijo que toda mujer desde que nace sufre de "envidia del pene". Olvidó añadir que este sentimiento de envidia comienza cuando la mujer percibe que de algún modo tener un pene significa tener poder. Todavía cayó menos en la cuenta de que el poder tradicional del pene comenzó toda una nueva historia desde el momento mismo en que la separación del hombre y la mujer se convirtió en una división capitalista. Y ahí es donde comienza nuestra lucha.

29 de diciembre de 1971.

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